2/2/11

Nuestro H de P

Article de la Pilar Rahola a "La Vanguardia", 27/01/2011. Crec que el final és molt interessant...

La frase es de Kissinger sobre Pinochet. “Es un h. de p., pero es nuestro h. de p.”, le dijo a Nixon, apelando al riesgo de la proliferación de gobiernos comunistas en el Cono Sur. Y así fue como en un lado del telón de acero se consolidaron las brutales dictaduras estalinistas, y en el otro lado aparecieron temibles dictaduras fascistas, que, bajo el amparo de ser garantes anticomunistas, sometieron a su gente a todo tipo de brutales atropellos. Eran las dos caras del espejo, su mutuo reflejo. El relato trágico de las dictaduras latinoamericanas mereció, por suerte, la atención mundial, que las cantó, las convirtió en películas y las arraigó en el consciente colectivo de un mundo horrorizado ante sus desmanes. No tuvieron tanta suerte las víctimas del estalinismo, durante décadas ignoradas por una intelectualidad que se sentía más cómoda contra el fascismo de derechas, que contra el fascismo de izquierdas. Pero como diría un mítico Molt Honorable, avui no toca hablar de este tema. Y no toca porque toca hablar de las otras dictaduras amigas, las que llegaron para quedarse en los países islámicos, algunas de la mano soviética, otras de la mano occidental. Durante décadas estas dictaduras amigas –tan bien reflejadas en el caso marroquí en el famoso libro Notre ami le Roi, de Gilles Perrault– fueron una derivada más de la guerra fría, pero pronto supieron reinventarse como el parachoques más eficaz contra el fenómeno totalitario que, en nombre de Alá, declaraba la guerra al mundo. Desde Pakistán hasta Marruecos, desde Túnez hasta Egipto, pasando por Arabia Saudí, estas brutales dictaduras han gozado del favor de Occidente, cuya prioridad ha sido, a dos manos, parar a toda costa el fenómeno del fundamentalismo islámico y usar sus ingentes recursos energéticos.

Mirar hacia otro lado, mientras estas dictaduras atropellaban derechos fundamentales, encarcelaban, perseguían y mataban a opositores, y acumulaban fortunas astronómicas –con la excusa de que nos hacían el juego sucio–, ha sido el lugar común de todos los países democráticos, incluyendo los más chillones. Y ahora que el castillo de naipes peligra seriamente, ponemos cara de desconcierto. Empezó en Túnez, ha continuado en Egipto y luego podría saltar a Marruecos, considerada para muchos la parada final. Y aunque todas las prospectivas pueden ser erróneas –no en vano nada es previsible en esa parte del mundo–, está claro que algo está cambiando de forma definitiva. La cuestión es saber qué… Porque del mismo modo que la alegría de la caída del sha nos trajo los llantos de la dictadura de los ayatolás, tras las revueltas actuales podrían venir los fundamentalistas islámicos, auténticos amos de la oposición. De momento caen tiranías y huyen los tiranos, pero nadie puede afirmar con seguridad que los sueños de la revolución no engendren monstruos...